Llorando en los Juegos Olímpicos Domingo, 22 Julio 2012 por Rosa Montero

Y ya hemos llegado de nuevo a unos Juegos Olímpicos. Estos saltos de cuatro en cuatro años, zancadas de gigante en lo temporal, resultan especialmente vertiginosos en el cómputo del paso de la vida. Para los que ya tenemos edad suficiente resulta imposible no recordar ahora, siquiera por un momento, qué estábamos haciendo en el 92, cuando Barcelona. Mejor dicho: no qué estábamos haciendo, sino quiénes éramos. Los JO son como magdalenas proustianas en calzones de lycra que nos catapultan inmediatamente a la atmósfera de unos años ya perdidos. Toda aquella ignorancia del 92, aquella inocencia. El desconocimiento de lo que nos vendría después, tanto desde el punto de vista colectivo como personal.

Por ejemplo: por entonces la gente apenas usaba ordenadores y los teléfonos móviles eran una rareza, unos zapatófonos enormes que se veían en las películas y en manos de algún ejecutivo ultrasupersónico. De hecho, fue precisamente en 1992 cuando fue liberada la tecnología world-wide-web (www), o lo que es lo mismo: ese fue el año en que nació internet tal y como lo conocemos. Hasta 1993 no se registró la primera web española (de la Universidad Jaume I de Castellón), una verdadera proeza si tenemos en cuenta que por entonces sólo había 100 direcciones web en todo el mundo. Fue también en 1992 cuando empezó a funcionar el GSM, el Sistema Global para las Comunicaciones Móviles, que fue básico para la popularización de los teléfonos móviles. O sea que, sin saberlo, estábamos atravesando un umbral espectacular. Resulta extraño recordarnos en un mundo así, tan cercano en el tiempo pero también tan alienígena, sin iPhones ni Blackberries, sin tabletas, sin e-mails, sin redes sociales.

Y también sin el cóctel de retrovirales que hoy día ha convertido el Sida en una enfermedad crónica: en aquellos años los enfermos morían trágica y tempranamente. La terapia combinada no llegó hasta 1995-1996: cuántos amigos podrían haberse salvado. Sí, sin duda a todos se nos ha muerto gente querida, de Sida, de accidentes, de otras enfermedades, desde aquellos Juegos de Barcelona. Y también se han juntado y se han separado parejas, han nacido y crecido niños, hemos tenido amores y desamores, fracasos y triunfos, nos han contratado y despedido, hemos abierto y cerrado empresas; en fin, 20 años sí son mucho, diga el tango lo que diga. Por no mencionar los traumas colectivos del 11-S y después de nuestro 11-M. Y las terribles guerras (las yugoslavas acababan de empezar en 1991). Sí, se diría que el mundo ha perdido mucha inocencia desde entonces, pero probablemente se trate de una percepción generacional: por ejemplo, Flaubert mostraba el mismo desencanto en su novela La educación sentimental, que entre otras cosas hablaba de la resaca tras la revolución de 1848.

Recuerdo que los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron la mayoría de edad de la joven democracia española. Mejor dicho: fue como el típico baile de quinceañera, porque justamente en el 92 cumplíamos 15 años desde las primeras elecciones del posfranquismo. ¡Y cómo nos conmovió, cómo lo disfrutamos! Habíamos crecido viendo los JO por televisión como quien ve un mundo rutilante al que no tiene acceso, con complejo de pobres y sabiéndonos anómalos en nuestra dictadura. Y de repente nos encontrábamos protagonizando nosotros esa brillante realidad, bailando el vals de la modernidad y el desarrollo, con la añadidura de que nos salió maravillosamente bien: no falló nada, no se nos cayó nada, no hicimos el ridículo. Cuando desfiló España en la inauguración, lloraba todo el mundo: la infanta Elena, los deportistas, los organizadores, los voluntarios, los periodistas. El país entero moqueaba de emoción. Era nuestro baile. Ya éramos adultos.

Sé bien que de los ideales olímpicos a la realidad hay una gran distancia. Que la supuesta pureza de la competición está lastrada por una lucha de intereses tan salvaje que hay demasiados atletas que son juguetes rotos, chavales física y psíquicamente machacados desde la pubertad y jóvenes dopados por la exigencia feroz de sus equipos. O que la presunta ecuanimidad por encima de ideologías es más bien un cuento, porque los Juegos son un avispero de intrigas. Y aun así… Aun así me emociona que desfilen unidos cientos de naciones (en esta edición, 206); que a veces intervengan atletas de Estados tan pobres que ni tienen para comprarse unas buenas botas (pero están allí); que el planeta entero comparta durante unos días la pasión de ver y seguir esa maravilla que son las pruebas olímpicas. Y que un país como España pudiera llorar al sentirse por fin parte del mundo. Sí: pese a todo, los JO son un bello sueño.