Es muy común escuchar de boca de la gente acaudalada que sus hijos no dan pie con bola. O son flojos, gastadores o buenos para la fiesta, pero no para los negocios y el trabajo.
Es como si uno los hubiera educado para gastar, ser comodinos y que les resuelvan la vida sin ni siquiera meter las manos.
Por supuesto que pueden pasar años y ellos siguen encumbrados en su zona de confort y no hacen más que exigir, estirando la mano, y además tienen el descaro de que no se les diga nada. Porque ahora resulta que muy fácilmente se enojan y ofenden, como si tuvieran el derecho de despotricar contra sus padres, pero que no se les toque ni con un pétalo de rosas.
Ya desde la escuela son irresponsables, no hacen sus tareas y son propensos a reprobar. Ah, pero eso sí, son buenos para la pachanga y los amigos. Incluso muchos de ellos le entran al alcohol, con singular alegría, desde muy temprana edad. Por supuesto que son muy susceptibles a ser clientes de cualquier otro tipo de adicciones, al fin y al cabo tienen el dinero, el tiempo y son dueños de sus casas, porque cuidadito y alguien se los reproche.
Según algunos especialistas en la materia, resulta que los hijos de los ricos son pasivos y demandantes porque sus padres los hicieron así, a base de darles todo tipo de satisfactores, incluyendo el afecto, sin que la cultura del esfuerzo apareciera en su mínima expresión. Cuando tienes todo, se apaga el apetito por aspirar. Fácilmente se pierde el rumbo y las metas brillan por su ausencia. Es entonces cuando la diversión y el entretenimiento surgen como el principal relleno de una vida que en el fondo está vacía.
Otra posible causa es la intensa actividad de los que tienen poder, fama y dinero. Aunque sí dediquen tiempo y calidad a los hijos, su misma condición es el de personas sumamente ocupadas, por consiguiente les hacen sentir a sus hijos que ellos no son tan importantes como sus actividades de negocios y la política. Y claro, provocan que necesiten hacer todo tipo de actividades y conductas para llamar la atención, incluso, están dispuestos a realizar las peores barbaridades y rebeldías con tal de ganar un espacio en la agenda de los padres.
Y por último, también se piensa que los hijos que han crecido con tantas comodidades y riquezas acaban por pensar que no tienen nada que hacer para recibir todo lo que quieran. Y como el principio fundamental de la educación es poner límites y no dar todo, entonces se la viven enojados con los papás porque les prohíben muchas cosas, sin ellos entender porqué lo hacen. Lo que causa muchas fricciones y desencantos que orillan a las peores batallas, en medio de tantos lujos.
Lo peor de todo es que a las escuelas que asisten suelen encontrarse con otros que también viven lo mismo y fácilmente se unen para vivir en grande su vida sin rumbo ni destino.
Habrá que tomar en cuenta estas reflexiones.