Ni muy muy ni tan tan Jueves, 12 Julio 2012 por El Informador

Por Dolores Tapia

Algunos teóricos señalan al teatro como una medida de resistencia. Resistencia ¿a qué? A una realidad que nos rebasa (con sus crisis, sus impugnaciones, sus elecciones dudosas). Una realidad que se fue transformando, poco a poco y porque nosotros la dejamos, en una espiral que se muerde la cola y que amenaza con robarnos la esperanza.

Para recuperarnos -como seres- nos sirve el teatro, las obras artísticas, el cine con su hermosa realidad. Si bien no estamos en los tiempos de Brecht, sí estamos en un momento donde toda acción teatral se vuelve política. Al convivir y ser parte de un entorno tan rebasado, todo acto de honestidad resulta incluso revolucionario. Los espacios alternativos generan nuevos valores y nuevos modelos para ver el mundo, para abordarlo. Tomemos una esquina del centro de la ciudad y hagamos teatro callejero con todas nuestras vísceras o tomemos una esquina -como dijo Pedro Lemebel- que es nuestro corazón y no dejemos que en esta realidad, otros nos mientan. Ni una mentira más. Sobre todo a nosotros mismos.

México, además de sus crisis secuenciales, tiene en su cajón escénico a grandes actrices, abundan, brillantes directores -no tantos como sus actrices, claro está- y una notable y dificultosa historia dramatúrgica. Digo dificultosa, porque siendo por esencia un país tan, pero tan complejo pues no puede ser igual (por su geografía, su espíritu y su contexto) una obra de Tijuana a las que escriben aquí nuestros paisanos tapatíos. No puede ser y que me perdonen los de Tijuana y los de Guadalajara. Hay en su regionalidad una frontera abismal. Sin embargo y aún así, han surgido grandes escritores teatrales -aceptados, queridos y montados de manera oficial- tales como Edgar Chías, David Olguín por supuesto, el señor Victor Hugo Rascón Banda, Ximena Escalante, Bárbara Colio o Verónica Bujeiro. Sin mencionar a Legom.

Creo -y esto es algo que he conversado con cineastas, directores, teatreros- que el inevitable tema de la violencia ha unido en su dolor y en su esperanza a toda la población; al de a pie, al taxista, a la señora de casa, al estudiante, al comerciante, a los escritores, a los actores. Todos somos uno. Ya por fin. Eso lo queremos decir todos, vivamos donde vivamos. Y creo que ese fue el gran reto de Alejandro Ricaño cuando escribió Timboctou (que termina temporada este fin de semana). Que si bien es una obra -como no hay otra- que aborda el tema de la impunidad, me parece que sigue siendo un espejo bastante polivalente. Esto no es malo. Las cosas se ven mejor desde la distancia, con objetividad y con salud. Punto donde ningún mexicano que viva en México, se encuentra. Pero Ricaño encabeza e impulsa el deseo de hablar de algo que nos lastima, como muchas cosas no nos han lastimado.