La literatura no es un certamen, dijo famosamente Borges cuando le preguntaron por enésima vez sobre el Nobel famoso que no le daban (y que no le dieron). Estéticamente, es inútil comparar las poéticas y las obras de dos autores en función de una categoría tan vaga y subjetiva como “mejor que”. Sólo un lector muy elemental se sentaría a confrontar los textos de, digamos, Philip Roth con los de Coetzee y luego, en plan de pitoniso, declararía a los de uno superiores a los de otro. Desde luego que se tendrán preferencias, “afinidades electivas”, debilidades. Pero nadie que no sea un loco se privaría de, no sé, Yourcenar en favor de Nöll pudiendo, como es potestad de todo lector, tenerlas a las dos.
Y pese a ello, los premios literarios, cuya existencia depende del paroxismo de esas comparaciones, cuyo sentido es justamente que un grupo de iluminados seleccionen un libro como el mejor entre quinientos o un autor como el más relevante entre cien mil, medran. Crecen como el musgo. Cuando uno parpadea ya hay cinco nuevos, a veces dotados de una cantidad de dinero que ablandaría los escrúpulos de un estilita.
Los premios en el sector editorial privado probablemente sean inevitables. Con ellos se consigue llamar la atención sobre títulos y autores, dar pastura a la prensa, apuntalar las siempre titubeantes ventas. Sin embargo, en el sector público su sostenimiento es más discutible. ¿Darle a un solo autor cien o doscientos mil dólares, como sucederá con los recientemente creados premios Sergio Pitol y Carlos Fuentes, en vez de invertir ese dineral en que mejore, así sea un poco, la distribución de los títulos de Tierra Adentro, la colección literaria de Conaculta? La diferencia es que a mí, como lector, me serviría encontrar las novedades de Tierra Adentro en cualquier librería, sin tener cruzar la ciudad hasta una Educal, mientras que el repentino aumento en la cuenta corriente de Juan Villoro, Jorge Volpi o Cristina Rivera Garza (por mencionar a tres autores ampliamente leídos y celebrados y, por tanto, candidatos naturales a que les den “el Fuentes”) me sirve de poco. Sinceramente, preferiría (es otra idea) que las autoridades le metieran esos dolaritos a hacer coediciones con sellos independientes, que a veces les salen muy bien. ¿La mejor idea para apoyar la literatura mexicana que se les ocurre es crear más galardones?
No creo que un autor deba detsprenderse de un premio ya dado (si a mí me cae alguno, me pondré a pagar mis muchas deudas e imagino que eso haría cualquiera). Si efectivamente, “el Fuentes” le es concedido a uno de los autores que he mencionado o a algún otro (con tal de que no se descubra que su musa era la Wikipedia) habrá que felicitarlo. Y los jueces de los concursos, finalmente, tienen que cumplir con su trabajo con toda la seriedad posible. Sí, pues. Sin embargo, no dejo de pensar que habría mejores usos para ese dinero, que en este momento es público y terminará privatizado median te un simple veredicto.