Llamado a cuentas Martes, 3 Julio 2012 por Diego Petersen

Algo pasó con las encuestas. Pensando bien de las casas encuestadoras, la metodología que están utilizando ya no es suficiente para detectar la intención del voto con claridad; pensando mal, muchas de las encuestadoras jugaron un papel propagandístico, creando un escenario a modo para un partido y así generar un círculo virtuoso para el bendito entre las encuestas. Lo más probable es que haya un poco de ambas cosas.

Las dudas que la gente plantea sobre las encuestas son directamente proporcionales a la mala formación en matemáticas que tenemos en este país. Es cierto, el promedio de estudio de los mexicanos es segundo de secundaria, pero si se estudiara bien eso sería suficiente para entender cómo funciona una encuesta. El problema es que ni los que salieron de prepa, ni muchos egresados de universidad, entienden lo que es una encuesta. El principal motivo para dudar de la veracidad sigue siendo, dicen, que no conocen a nadie que haya sido encestado, o peor, dudan que una muestra de mil 500 o tres mil casos sea representativa de 49 millones de votantes potenciales. Las encuestas son excelentes sistemas de medición, que no de predicción, siempre y cuando se hagan bien y se interpreten bien. Las encuestas son también inmejorables elementos de propaganda para generar una percepción.

Salvo una o dos excepciones, todas las encuestas que se publicaron para la elección de Presidente de la República nunca bajaron al PRI de 42 por ciento y casi todas lo traían entre 44 y 47 por ciento. Esto creó una sensación de que la elección estaba predeterminada y la posibilidad de alcanzar al puntero era prácticamente imposible. Este fue, sin duda, un elemento que jugó a lo largo no sólo de los 90 días de campaña, sino de todo el año preelectoral. Peor que las encuestas que estuvieron consistentemente a favor de un candidato, fueron las que subían y bajaban como si el electorado fuera tan caprichoso como el medio que las publica.

En la elección estatal el comportamiento de las encuestadoras fue, incluso, más errático: ninguna encuesta de las publicadas estuvo ni medianamente cerca del resultado, y la defensa de los datos fue, cuando lo hubo, más con elementos ideológicos que estadísticos.

Más allá de la mala leche y venta de resultados de encuestas al mejor postor, también es cierto que cada día es más difícil la medición de los fenómenos electorales. La inseguridad y la desconfianza no son el mejor ambiente para levantar encuestas y el grado de no respuesta ha crecido significativamente, lo que hace que las encuestas sean más caras, las buenas, y menos confiables, la mayoría.

Pasada la elección, es momento de llamar a cuentas a las encuestadoras.