Por: Karla Suárez
Aprendí a montar bicicleta en La Habana, pero no de niña, porque en mi infancia tener una bicicleta era casi un lujo. Fue la crisis de los noventa la que me llevó a las dos ruedas, ya con 20 años. Cuando el país quedó paralizado, sin combustible, el Gobierno comenzó a vender bicis masivamente y lo que en Europa se considera una práctica sana y ecológica, en Cuba se convirtió en nuestro casi único medio de transporte. Ironías de la vida: a la crisis le debo el haberme despertado esta pasión.
Nunca podré saber cuántos kilómetros recorrí en aquellos años, pero mi bici y yo éramos inseparables. Ella, la primera de mi vida, era rusa y se llamaba Cleo (me gusta darles nombre, porque eso las vuelve únicas). En ese tiempo, en las calles el peligro eran las otras bicicletas, ya que los autos escaseaban. Y la precaución era dónde dejarla, porque como en el filme de Vittorio De Sica, “ladrones de bicicletas” sí que abundaban. Así pues, con Cleo bajo los pies recorrí muchos kilómetros y con ella en brazos subí montones de escaleras.
Mis años con Cleo me enseñaron muchas cosas de La Habana. Ella era una bicicleta simple, sin velocidades, y ya que su desplazamiento dependía únicamente de mis piernas, sin proponérmelo, profundicé en el conocimiento de la topografía habanera. Así descubrí que, aunque aparentemente la ciudad no es de grandes elevaciones, sí que tiene cuestas y algunas bien disimuladas, porque no son abruptas, sino largas. Camino a casa, por ejemplo, luego de atravesar el puente sobre el Río Almendares, comienza una calle que sube y sube, en curva, despacito. Al principio, llegaba arriba con la lengua afuera, porque mi orgullo de veinteañera me impedía detenerme si había algún ciclista cerca, sobre todo si era hombre. Luego de tomar esa ruta casi diariamente durante años, ya no sentía el esfuerzo, pero sé que, aunque mis piernas se hayan acostumbrado, aquello es una cuesta.
Gracias a la bici estuve en sitios que antes no conocía, en barrios de arquitecturas muy distintas, algunos elegantes, otros bastante destruidos. Supe exactamente en cuáles calles los árboles de una y otra acera casi se juntan formando una sombra maravillosa, deleite del ciclista que rueda bajo el Sol del trópico, a 35 grados de temperatura y más de 80% de humedad. Supe también y padecí, barrios sin sombra, donde el sudor que corre desde la frente provoca que las gafas de sol resbalen nariz abajo y el reflejo del Sol en el asfalto, ciega, casi duele. Supe que en la ciudad no hay muchas fuentes y las que hay no tienen agua. Y conocí callejuelas, recovecos, preferí esquivar las líneas rectas y tomar siempre por caminos distintos, buscando sombras y huyéndole a los huecos de las calles.
Con Cleo pedaleé junto al malecón, ese muro que bordea el mar y descubrí el placer de sentir la brisa que golpeaba mi cuerpo mojado de sudor. Y el olor a salitre y algunas gotas de agua, si el mar estaba un poco bravo. Descubrí que me encanta salir a la calle en bicicleta cuando está lloviendo, pero con un aguacero tropical, de esos en que el cielo se vuelve negro de repente y parece que el mundo va a acabarse y la gente corre y yo pedaleo y ya no me importa si la humedad es lluvia, sudor o salitre, da igual. Yo pedaleo sobre la ciudad mojada y sé que es lindísima, que a pesar de sus grietas y sus años, La Habana es una ciudad lindísima.