Diario de un espectador Domingo, 1 Julio 2012 por Juan Palomar Verea

Regresar al jardín del ITESO en verano siempre es una revelación. Por más que se acompañen sus días a lo largo del año, es imprevisible —por alguna afortunada razón— el esplendor que las lluvias traen al campus. Un viejo camichín despliega sus ramas a las que la humedad volvió un racimo de sombríos prodigios. El arboretum de atrás de la escuela de arquitectura abre la verde panoplia de sus árboles de rara condición e insospechadas características. Los follajes parecen ahora la imagen de la feracidad y la abundancia. Enseñanza permanente del jardín con la que pocas lecciones profesorales pueden rivalizar: rinden ahora frutos las empecinadas medidas que el Padre Xavier Scheifler tomó hace muchos años, los largos cuidados de Cenobio Gómez, Rodolfo Chávez y su equipo de jardineros, la multitud de pequeñas providencias y cuidadosas contribuciones que forman los jardines. Tómense dos hileras de fresnos separadas unos 10 metros y largas de una centena, cuídese el avance de cada árbol, colóquese una cruz como remate, agréguense 30 años: la calzada de don Xavier es ahora un absoluto regalo para quien la considere. Et sic de coeteris: Ad Majorem Dei Gloriam.

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Conferencia. El diseñador húngaro István Orozs, invitado a la escuela de Diseño del ITESO por Felipe Covarrubias, realizó una exposición de sus trabajos el pasado miércoles. El resultado fue el pasmo entusiasta de la concurrencia. Alguien le preguntó al final que de dónde sacaba la imaginería de sus producciones, que nada le piden al trabajo de grandes grabadores de la historia. Orozs contestó que así como muchos de sus compatriotas habían buscado, durante los años negros de la dictadura, refugio en el extranjero, él había preferido exiliarse en el pasado. Vale mucho la pena asomarse a la página web del artista magiar: http://web.axelero.hu/utisz/page.htm. Es una puerta de entrada a un mundo asombroso en donde István dialoga con M.C. Escher y borda y juega con sus obras llevándolas a nuevos límites, en donde hace guiños a Arcimboldo y a Dalí con sus enigmáticos trabajos anamórficos, se acuerda de Borges y de Piranesi, hace gala de un fino humor, punza con sus propuestas gráficas irónicas y certeras… Un grato regalo para los que lo vieron y oyeron.

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Exposición: Bajo tu amparo nos acogemos: Santos patronos jurados de Guadalajara. Esta muestra abrió sus puertas esta semana en el aguerrido Museo de la Ciudad que dirige con tino Patricia Urzúa. Señalada vez en la que por primera ocasión ya se usan las dos salas del anexo que arduamente se rescató y ahora amplía las instalaciones. Una exposición reducida en tamaño pero de largo aliento. Dice Alfonso Alfaro: “El ayuntamiento, rector y protector de vasallos libres, celebraba en su nombre un pacto simbólico con los habitantes del cielo y asentaba así el carácter sagrado y legítimo de su autoridad y hacía patente su desvelo por la seguridad  y prosperidad de sus gobernados… En esta exposición asistimos a esos momentos en que los ayuntamientos donde participaban nuestros ancestros decidieron y votaron: eligieron cuáles eran las fuerzas del universo de las que esperaban socorro y a quienes hacían testigos de su responsabilidad de velar por sus vecinos.” Y los patronos jurados son: San Miguel Arcángel, San Clemente papa, San Sebastián, San Martín de Tours, Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora de la Expectación de Zapopan. Dos del siglo XVI, dos del XVII, dos del XVIII.    

Vuelve a la memoria la estampa de tan popular arraigo, encontrada en múltiples lugares, del caballero del casco romano que con su espada divide en dos su capa para darle cobijo a un mendigo: San Martín; la gravedad de haber tumbado la iglesia de la Soledad para hacer la Rotonda: recuérdese que Díaz Morales había planteado conservar la edificación y por esa razón fue el arquitecto Vicente Mendiola, secundado por Miguel Aldana, quienes se encargaron del proyecto rechazado por don Nacho. Y la premura con la que dos buenas señoras de Guadalajara se dieron a la tarea de hacer otra sede para la Virgen: Nuestra Señora de la Soledad sobre Avenida Vallarta, proyecto de Pedro Castellanos.

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Este espectador no tiene más remedio que transcribir el primer párrafo del texto que Jorge Esquinca escribió para la presentación —hace algunas semanas— del libro La casa de Luis Barragán: un valor universal. Honda reflexión, diáfana enseñanza:

“Una de las más entrañables analogías para describir el quehacer de un artista, es aquella que emplea Paul Klee al compararlo con un árbol. Bien enraizado, alimentándose de una sustancia múltiple y turbia, el árbol levanta un tronco singular aunque semejante a los de su especie. Ese tallo habrá de ser el cauce de una trasmutación ascendente. Frondas y raíces, hermanas antípodas, difieren. Las  primeras, en arrebato solar, se bifurcan y desplazan mecidas por el viento hacia la luz, ocupan el espacio y se diversifican en formas de difícil pronóstico. Las segundas siguen los rumbos de una aventura subterránea, íntima; lejos del aire y la luz,  absorben una porción del limo nutricio que permitirá al árbol el despliegue de su ramaje visible. Nada tienen que ver —en su constitución, en sus matices y texturas, en sus afanes claros o secretos— frondas y raíces. Y, sin embargo, conforman un mismo, sólido milagro. Cada gran artista, a su manera, prolonga este trabajo humilde y misterioso.”

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Homenaje a István Orozs: Logró, gracias a los oficios de un zapatero mañoso, imprimir en la suela de su zapato derecho un signo de interrogación. Y luego se dedicó, con aplicación maniática, a recorrer así calzado la ciudad. Sus huellas aparecían en parques y mercados, atrios de iglesia y halles de negocios: una interrogación que ponía en duda la certeza misma de los lugares que recorría, que hacía rascarse la cabeza a quienes reparaban en tales rastros. Dio varios giros, con particular empeño, al palacio de gobierno: la secuencia de interrogantes parecía tener el objetivo de las trompetas de Jericó. Atravesó calles y calzadas, entró en tabernas y lupanares. La pregunta que dejaba a su paso recordaba la traducción del famoso poema de Poe: ¿Paraqué? ¿Paraqué? Poco a poco el escepticismo se fue apoderando de los habitantes. Luego vinieron la marea de cuestionamientos, las impugnaciones, los motines. Una interrogación acabó, poco después, por prender fuego a la ciudad. El caminante recorre ahora otros destinos.