La semana pasada se realizó en la ciudad un encuentro en torno a la dramaturgia, en el que se analizaron temas que tienen que ver con esto de escribir sobre la vida para luego llevarlo a escena frente al público.
Los resultados fueron buenos. El Larva, sede del evento, lució lleno en prácticamente todas las actividades que se realizaron (mesas de discusión y lecturas dramatizadas); la comunidad teatral, profesionales y amateurs, así como estudiantes y público en general, se dieron una vuelta por aquellos lares e incluso comentaban, preguntaban y decían cosas.
El organizador de esta semana dramatúrgica, Boris Schoemann –dramaturgo de origen francés que radica en México desde hace dos décadas–, dijo que el asunto estuvo súper bien, se mostró contento, destacó el trabajo de los actores y directores de escena, y hasta dejó entrever que la próxima vez le tocará a la propia comunidad teatral jalisciense dar impulso a actividades como ésta.
Bien por esa bonita semana, por los temas que se abordaron, por los participantes de aquí, allá y acullá; porque quizá sí se sembró una semilla; porque se demostró que la dramaturgia está viva y puede fortalecerse más.
Lo que me viene un poco mal, quizá por esta peculiaridad “amargosita” de mi ser, es que en realidad la dramaturgia tapatía puede ser un ente vivo, pero la verdad, en mi humilde opinión, todavía falta mucho para hacerla brillar. Claro, ahí están Teófilo Guerrero y Jorge Fábregas echándole los kilos y tres cuartos de cerebro para desarrollar sus textos; el problema –parece– es que los directores de teatro a veces no ven ese trabajo.
Porque bueno, si bien Teófilo y Jorge sí han visto en escena sus obras –bien puestas o no, ese ya es otro cuete–, todavía hay muchos autores en la ciudad que están a la escribe y escribe sin que haya quién les apoye en la culminación de sus trabajos. Lo digo así porque creo que el texto dramático tiene que ser completo, si hablamos de dramaturgia lo natural sería que fuera llevado a escena; ahí está un punto medular de su razón de ser… para eso es ¿o qué?
Lo que me da una pena terrible es que muchas veces son los mismos dramaturgos los que asumen el papel de montar sus trabajos, así que se convierten en productores, directores y a veces hasta en actores. Así no se vale.
Justo recuerdo en este momento algo que Enrique Bátiz dijo la última vez que vino a dirigir la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ), aunque con otro ángulo. Él decía (según yo) que los compositores contemporáneos tenían que ser conscientes de que probablemente sus obras podrían trascender hasta que ellos murieran, porque la tendencia es echar un vistazo al trabajo de autores ya muertos: “George Bizet murió deprimido, murió muy joven, no supo que su ópera empezó a tener éxito dos meses después de su muerte”.
Me parece una tragedia. Sin embargo, en un intento (tremendo) por ser positiva, pienso que esta Semana Internacional de la Dramaturgia Contemporánea podrá motivar a los directores y actores a asomarse a la producción local para llevarla a escena.