No muchito pero sí pocón Domingo, 17 Junio 2012 por Antonio Ortuño

El profesor (y novelista) Umberto Eco, uno de los intelectuales más visibles en el mundo occidental durante los ochenta y noventa, publicó hace años un ensayo en el que abomina de los pudores estéticos de ciertos escritores, que matizan o anulan sus frases con velos y antifaces calcados del lenguaje oral. Palabras y expresiones como “quizá”, “casi”, “un poco como”, “bastante” y todas sus hermanas, establecía Eco, llevan a la prosa y el verso al ridículo de rebajarse y desmentirse a sí mismos, de oscurecer lo dicho a fuerza de moderarlo. Porque no es lo mismo proponer, como Paz (al que cito a sabiendas de que es la pluma de vomitar de muchos): “Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea”, que anotar, trémulo de apocamiento: “Había arbolitos… y unos como líquenes casi viscosos. Era un campito algo monón, pues”.

Un escritor debe buscar la exactitud verbal, claro, pero no al costo de colgarle plomo a sus palabras. Por supuesto que “chopo de agua” es una frase que no busca la precisión científica verificable. Donde resuena es en el oído, en los ojos y en la parte del cerebro que entiende que un árbol es, al tiempo, un organismo, un emblema y todas las palabras que se han dicho antes sobre los de su clase.

Existen otras variantes del yerro. Hace unas semanas escuché que un autor (cuya ineptitud verbal es legendaria) se había repasado a un colega bajo el argumento de que “solamente” tenía “estilo” y no “densidad de pensamiento”. Como si las ideas pudieran prescindir del lenguaje y escribir no fuera, también, un modo de pensar. Y como si una observación con pretensiones de sociología o la interpretación de una estadística tuvieran que ser, por necesidad, más importantes que una imagen (cosa perfectamente posible, desde luego, porque hay estadísticas interesantísimas e imágenes del todo innecesarias, pero lo que interesa resaltar acá es que no hay una Ley Universal que lo establezca).

Quien escribe lo hace bajo el riesgo permanente del error, del desatino. Pero el fallo principal consiste en entregarse al pánico y proferir obviedades para mantenerse en terreno firme. Escribir para ser olvidado inmediatamente pero sin rechiflas. Escribir para ser decoroso, apilar palabras consabidas, convertirse en el espectador abochornado de uno mismo y emborronar con risitas lo escrito para que nadie vaya a pensarse que uno tiene pretensiones.

Ya lo dijo otro autor, con fama de solidario: la gente en la calle no habla como el príncipe Hamlet sino que lo hace con tartamudeos, frases a medias y las mínimas convicciones posibles. Pues precisamente por eso la literatura es otra cosa, se le debería responder.