Albercadas Jueves, 26 Abril 2012 por Carlos María Enrigue

Alberca, piscina, pileta… palabras que sirven para denominar aquél majestuoso charco donde retozamos como cachalotes en los periodos vacacionales. Y más allá de las eternas alegatas sobre cuál es la palabra precisa que describe el hecho de organizar una reunión cuya estrella sea una alberca, lo cierto es que normalmente las albercadas son de lujo.

Sin embargo las albercadas tienen distintos significados según la etapa de la vida en la que se encuentre uno. Ciertamente el paso de los años, como en el resto de cosas, hace que se miren con ojos distintos.

Eso implica que cuando uno es un chamacón, de entre cinco y diez años las albercadas significan calor y juegos con los amigos. Juegos que, como todo lo que se hace a esa edad, van cargados de la inconsciencia absoluta. Por ello es casi una garantía que si usted decide armar la fiesta de ocho años de su hijo reuniendo a sus amiguines en torno a una alberca, tarde que temprano algunos de ellos van a pensar que es excelente idea aventar a otro a la alberca contra su consentimiento. Esto ocasionará que en el proceso de arrojarlo, la víctima se resista, zafándose de las manos de sus captores antes de tiempo y caerá de hocico en el concreto. Por tanto la fiesta terminará anticipadamente pues habrá que llevar al niño a que le cosan la boca y que los bromistas terminen con una culpa peor que la que tuvo el Jerry Estrada tras fallar aquél mítico penal.

Ahora bien, cuando uno es adolescente, las albercadas no son sino la excusa para ver a tus amigas en bikini. Solamente porque te han avisado que andar de fisgón en los baños de mujeres es de mal gusto y pudieras acabar compurgando pena corporal, entiendes que es necesario hacerte de medios alternativos para convencer a las amigas de que enseñen un poco de piel.

Claro que si usted tiene 15 años y no se conforma sólo con la albercada existe una forma de conseguir un home run: consígase un “Twister” y convenza a sus amigas que es divertidísimo jugarlo. Si al preguntar que a quién le late jugar twister ve que levantan la mano puros varones, hágase menso y cambie de tema.

Finalmente, la última clase de albercadas es aquella a las que se asiste cuando el Señor lo ha bendecido a uno con las glorias de la paternidad. Aquí se reúnen los denominados “adultos contemporáneos” a exhibir a sus criaturas, echarse unas cheves y chapotear en el charco un rato.

Sucede que nos habló un muy querido primo de Lakes of Brunette (si usted no parla la lengua de Shakespeare eso significa Lagos de Moreno) y el muy creidote nos dijo que acababa de terminar de construir su magnifica casa y que nos invitaba a todos para inaugurarla el sábado pasado. Antes de colgar nos comentó que la casa contaba con una espectacular alberca por lo cual nos pedía que lleváramos traje de baño, porque eso de echarse un chapuzón en trusa es de muy mal gusto.

Pues bien, nosotros la verdad es que sólo fuimos de metiches. Queríamos comprobar si es que le iba tan bien de lana como nos habían llegado los chismes, lo cual resultó ser cierto.

En todo caso, ya estando allá decidimos meternos a la alberca para quitarnos el pesado calor jalisciense de abril. Aunque hacía mucho viento la verdad es que el sol africano está muy pesado y siempre es bueno refrescarse en una alberca.

Resulta que estábamos un buen grupo en la alberca: por un lado un tropel de sobrinos que estaban dizque jugando marco polo, la verdad es que parecían más concentrados en tirar comida a la alberca. La dueña de la casa los regaño diciéndoles que si veía un rin más flotando en la alberca los iba a sacar a todos. Yo, siendo honesto, rines no vi, lo que sí es que había un par de pepinos y jícamas que me rondaban como rémoras y aunque en un momento consideré la opción de darles un llegue, decidí abstenerme.

Los adultos en cambio estábamos en la parte honda de la alberca, casi todos empuñando una cerveza, menos el atascado de Luis mi primo que traía un PresidenCola de dos litros. Como se trata ya de un segmento de adultos jóvenes, un par de ellos traían cargados a sus bebés.

No había pasado más de una hora de que nos habíamos metido y estábamos en la parte más animada de la plática, cuando Jorge gritó “¡Asco!” e inmediatamente salió de la alberca. Había sucedido lo inevitable, con el agua calientita, Christian, el bebé de mi primo Paco, a quien habían metido a la alberca sin pañal, aflojó el cuerpo y en un movimiento propio de calamar gigante echó un chorro de lo que asumimos era tinta de papilla de ternera.

Como era domingo y el que arreglaba las albercas vivía en Pegüeros, fue necesario que el primo laguense, haciendo derroche de recursos, reanimara la fiesta al conseguir un karaoke que nos tuvo todo el día cantando éxitos de Raphael, Sandro de América, el Príncipe de la Canción y tantas otras estrellas que iluminan el firmamento.