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Martín Almádez
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Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Arma vacía

 

El cuento siempre ha sido una forma de explorar las capacidades de expresión literaria mínima. El escritor jalisciense, Rafael Medina en ese objetivo se aposta, con su nuevo libro intitulado Arma vacía y otros cuentos para impotentes, recientemente editado por Arlequín.
 
Medina viene a reafirmar al escritor que ha salido de la vida profesional, aquella heredada del ejercicio de la medicina, en caso.
 
Trabajar la escritura es incursionar en mundos nuevos no por ser desconocidos, sino por ser tratados de forma extraordinaria. Es decir, que la vida clínica con sus aspavientos donde la razón pierde la frontera, se convierte de pronto, en paraje de lucidez literaria, con la que se construyen escenarios que exploran la condición humana desde una perspectiva alternativa. Y lo más increíble, una alternativa lógica, coherente, razonada.
 
Arma vacía y otros cuentos para impotentes es un libro práctico, de esos que la mercadotecnia ha dado en llamar de bolsillo por el tamaño y el grosor. Suma apenas 89 páginas.
 
Al borde de la contradicción, de la marginalidad, de los polos, el autor contempla dos citas. Una de Philip Roth y otra de Elías Nandino. Los dos, autores eternos a candidaturas. El uno al Nobel y el otro al Principado de los poetas médicos. El uno es marcado por escribir libros donde se confiesa en cada escena como un judío subversivo con el judaísmo. El otro, subversivo con su género. Y al final se nos ofrece otra cita, esta de Camilo José Cela, un franquista en tiempos fulgurantes de República. Y recordamos entonces que este libro se llama Arma vacía, que va a tono perfecto con esa búsqueda de la contradicción, de la incongruencia.
 
El libro nos ofrece 14 cuentos. Todos sin desperdicio. Díganlo si no, sus títulos: “La fragilidad masculina desde una perspectiva psicoanalítica o Judith la desinflapepinos”; “Dígale que me haga el amor”; “Arma vacía”; “Es que mi mujer no grita”; “Pacto”; “El resorte de la vida”; “Ingrata carta de un paciente diabético”; “Una micha”; “De la literatura y su supuesta incompatibilidad con el sexo”; “Cansado, tenso, harto del trabajo”; “El milagro o la mujer que le pedía a Dios y todos los santos que a su marido ya no se le parara”; “La isla”; “Le dije que no llorara”; “El náufrago, la musa y el mezcal”.
 
Y es que el autor elige el cuento para contar historias efectistas; es decir, la reacción inmediata y contundente y no la prolongada y dosificada que ofrece la novela. El cuento, decía Julio Cortázar, es un nocaut. Debe serlo. En el caso de Rafael Medina lo es. La estructura de los cuentos que nos ofrece en este libro, guardan, en su mayoría, la construcción del cuento contenido, potenciado.
 
Medina navega por las dos esferas. Respecto a la escritura explora en las formas de encuadrar el cuento como género, es decir, busca, experimenta distintas maneras de contar, con lo que trastoca lo cotidiano y lo acostumbrado. Mientras que lo relacionado con la condición del hombre, indaga en los horizontes de las heridas expuestas, en las exposiciones más vulnerables, en las situaciones más escabrosas y extremas que hacen dar un giro a la condición humana, porque solo así, se debe explicar el autor, es posible sacudir la conciencia de quien lo lee.
 
De manera notoria el lenguaje se asocia con la temática de los cuentos. Quiero decir con esto que, si las historias se hermanan con una sordidez explorada en los canales de la sexualidad, el lenguaje está acorde con esta verosimilitud. Y no podía ser de otra forma. El lenguaje, la selección de las palabras que brinda el autor, consiguen una atmósfera conceptual que permite al lector potenciar las escenas, descubrirlas desde el ángulo más crudo de la historia contada.
 
Se trata de un autor, Rafael Medina, que entre sus propósitos y visión creativos, estéticos, literarios en este caso, se encuentra la construcción del antihéroe, de la contrariedad como única forma de justificar y entender tendiente uniformidad del mundo. La única forma de entender es cuestionando, contraviniendo, reformando.  Y para eso, es necesario contar con armas vacías.
Martín Almádez

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