Morir esperando Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

* Comencé a escribir este post al inicio de esta semana y lo entregué a EL INFORMADOR la noche del miércoles 16; refleja estados de ánimo que se han hecho presentes y así te los he querido contar. El jueves 17, poco después de las 18:00 horas recibí la llamada de mi doctor para avisarme que probablemente habría un hígado para trasplantármelo; me pidió alistarme y tener cautela. Poco después hubo una nueva llamada y a las 21:30, como en las funciones de teatro o los conciertos, llegó la "Tercera llamada". La cita es a las 4 a.m. de este viernes en el San Javier, en lo que presagia ser una madrugada muy fría, aunque voy bien cobijado por mi familia. Mis reflexiones ahí quedan y te las comparto. Entre la grisura otoñal y los aires helados se abre otra vez un horizonte que promete ser luminoso. Ojalá, si Dios quiere y me ayudas con tus oraciones, así sea. Más aún, te propongo que nos unamos pidiendo por todos aquellos que esperan un órgano para seguir adelante, ¿qué te parece? Por aquí nos encontraremos más adelante. ¡Cuídate! E.R.

 

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Leo en algunos apuntes biográficos del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) que murió tras una vana espera de un hígado sano que reemplazara al suyo que por enfermedad lo había llevado al desahucio. En casi tres largos años –así debieron serlo para él- se entregó a una enfebrecida actividad en la computadora, tal vez para olvidar en su escritura el padecimiento hepático que terminó con su vida.

El sitio de internet “Biografías y vidas” describe, en una apretada reseña de la trayectoria del escritor chileno:

“El mismo año (2000) de la aparición de Nocturno de Chile, Bolaño entró en lista de espera para un trasplante de hígado. Su estado de salud empeoraba, y decidió consagrar “lo que me quede de vida” a la que debía ser su obra cumbre, 2666. “Consciente de la sombra que la muerte había proyectado sobre él” (Enrique Vila-Matas), siguió escribiendo hasta su fallecimiento, el 14 de julio de 2003, víctima de una insuficiencia hepática. Pocos días antes había asistido en Sevilla al I Encuentro de Autores Latinoamericanos, su última aparición pública, y había entregado a su editor el manuscrito del libro de cuentos El gaucho insufrible”.

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La página MedicinaInterna.com describe el padecimiento al que se atribuye la muerte del escritor Roberto Bolaño:

La Insuficiencia Hepática Crónica (IHC) es la consecuencia funcional del Daño Hepático Crónico (DHC) como resultado de múltiples noxas (drogas, virus, alcohol, etc.), que en forma persistente actúan sobre el hígado sobrepasando su capacidad de defensa y reparación, produciéndose una respuesta homogénea de regeneración celular desordenada e inflamación y fibrosis. La perpetuación de este daño produce una disminución de la masa celular y una distorsión anatomo-funcional, finalizando en cirrosis desde de la perspectiva anatómica y en insuficiencia hepática desde la perspectiva funcional.
Es un proceso irreversible que cursa con remisiones, reagudizaciones y descompensaciones que ponen en riesgo la vida del paciente.

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Quienes conocieron a Bolaño, fallecido por cierto en Barcelona, donde residió los últimos años de su vida (también estuvo en México en dos etapas diferentes, primero en su juventud cuando creó con otros poetas la corriente literaria llamada “infrarrealismo”) coinciden en que vivía prácticamente encerrado en su estudio, dentro de su casa, donde fumaba desaforadamente y bebía té endulzado con miel. Casi sólo con eso “alimentaba” su precario organismo y sobrevivía en sus días postreros.

Hay una versión en el sentido de que había firmado un contrato con sus editores para escribir varias novelas, con cuyas regalías garantizaría los ingresos de sus hijos y su mujer. Pero al sentir que la vida se le extinguía de manera inexorable y el hígado que requería no llegaba, se comprometió a hacer una sola obra, una novela monumental titulada 2666 (Anagrama, séptima edición de 2011), que consta de mil 200 páginas, subdivididas en cinco partes, cada una de las cuales correspondería a la “herencia” proporcional para los suyos.

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En algún post anterior te he contado que hace poco más de un año de que se hizo oficial que yo requería un trasplante hepático a muy corto plazo. Desde aquel momento, en múltiples ocasiones me pregunté cómo sería lidiar con la espera, cómo ir llevando la cuenta de los días, cómo vivir cada jornada cotidiana: ¿como si fuera la última por vivir, o como si apenas fuera el arranque de un nuevo trayecto, al llegar a la bifurcación del camino?

La psicóloga que me ha atendido en este trance fue muy persistente y categórica al colocar en mi mente las ideas en clave positiva, esperanzada, alentadora. Siempre llega un momento para recomenzar –me ha dicho-, para recuperar las experiencias y tomar lo mejor de ellas; lo que se quedó por el camino puede llegar a ser semilla que, aunque sea en pequeños brotes, ofrezca algo de verdor, gérmenes de vida. Lo importante es que ahora nos hagamos acompañar de quienes puedan brindar un consejo, un auxilio, una guía para que los tropiezos sean más breves y menos perdurables en sus efectos.

Está bien. La mente debe trabajar, el espíritu debe ser fortalecido, como quien comienza una rutina de acondicionamiento físico, depurando su organismo, vigorizando sus músculos, limpiando su cerebro. Pero ¿cómo se domina la espera, cuando se asoma la rutina de casi inactividad, cuando se reciclan los malestares, cuando la mente se ensombrece, cuando los días se tornan grises? Me sucede y, para serte sincero, me aturde o, como decimos coloquialmente, me atolondra…

Pienso que tal vez el escritor Roberto Bolaño decidió que debía aplicar todo lo que estaba contenido en su ser para llevar su creatividad, su imaginación, sus habilidades literarias a la tarea autoimpuesta de develar personajes y mundos, su explosividad mental, hacia estadios cada vez más complejos y más intensos. Era apostar su resto en la vida por lo que era su vida: la creación literaria.

En eso pienso pero no puedo evitar que la desesperación me respire pegada a mi cabeza. No es fácil evitar la tentación de pensar en que ya ha pasado un año y que, con todo y el esfuerzo por no decaer, resurge el morbo de voltear más hacia atrás que hacia delante.

Juegan en el bimbalete -¿cómo le llamabas tú a ese subeybaja de la infancia?-dos fuerzas que se empujan: en una dirección las ganas de hacer lo de diario, lo de siempre, lo que es mi oficio y mi gusto con lo que haya de energía en las alforjas; en otra el decaimiento físico que impone el freno y que quita las ganas de casi todo.

Eso pienso, y me acuerdo de Roberto Bolaño cuando veo en mi librero sus libros “Los detectives salvajes” (Anagrama, segunda reimpresión de 2010) y “2666”, que me están esperando para ser leídos. Quiero imaginar que el escritor no le abrió ni un resquicio a la pesadumbre y se mantuvo activo hasta el último suspiro. A pesar de los días grises, melancólicos, sombríos.

Tal vez amenaza la claudicación ante la espera.

O tal vez sólo sea el otoño…

 

NOV 18

¡Y lo volverían a hacer! Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Cuando íbamos en camino a la consulta con el hepatólogo, se me ocurrió preguntar en voz alta: ¿Y si el doctor dice que necesito un trasplante de hígado? A mi esposa le brotó la respuesta de la boca en fracción de un segundo: ¡Pues yo te doy un pedacito del mío!

Enmudecí. Era una típica expresión donde hay más cariño que razón. Pero nos quedamos viendo un momento y no supe qué decir. ¿Y se podrá? Pues hay que preguntarle al doctor.

Le ganamos la noticia, porque él nos esperaba con la decisión que quería exponernos para que tomáramos una decisión: Va a necesitar un trasplante. Rosy lo atajó: ¿Y yo le puedo donar una parte del mío?

Entonces vino la explicación. Sería prácticamente imposible, definitivamente inconveniente, casi quirúrgicamente impracticable. Ocurre que el volumen del hígado de las mujeres es menor que el de los hombres. Y, en efecto, se puede seccionar el órgano, tomar un lóbulo e implantarlo en el enfermo; el donante recuperará su capacidad hepática plena en muy corto tiempo, y regresar a su volumen y su peso promedio que es de alrededor de kilo y medio. Pero la donación de un lóbulo hepático de mujer a hombre es rarísima, no así de hombre a mujer o de hombre/mujer a niño.

Finalmente lo que nos vino muy bien en ese momento fue la demostración de desprendimiento amoroso, de generosidad incondicional entre pareja. Y no es poca cosa en un trance difícil, traumático, como la urgencia de un hígado nuevo o, mejor dicho, sano.

Así es que la salida para mí quedó marcada en aquel octubre de 2010: donación de paciente cadavérico. Y a esperar…

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Tengo muy presente aquel día y me rebotó en la memoria hace unos días cuando leí en EL INFORMADOR una nota fechada en Alemania que me llamó la atención. Ahí te va lo que nos informa el despacho periodístico:

“Las personas que han donado parte de su hígado para un trasplante pueden experimentar complicaciones físicas y psicológicas años después de la operación, según un estudio alemán.
“Casi la mitad de los 83 donantes de hígado encuestados tenía quejas que iban desde dolores y problemas digestivos a depresión tres o más años después de la operación, pero casi todos dijeron que lo harían de nuevo, indicó el estudio publicado en el Annals of Sugery.
“En un trasplante de hígado de un donante vivo, un equipo de cirujanos elimina un lóbulo del hígado del donante y lo implanta en el beneficiario. La parte restante del hígado del donante se regenera hasta llegar a su tamaño normal en un periodo de dos meses.
“Hay un riesgo de algunas dolencias a largo plazo, que pueden ser potencialmente controlables mediante la modificación de las pruebas diagnósticas, la mejora de las técnicas quirúrgicas y un seguimiento exhaustivo de los donantes en los centros de trasplante”, dijo Georgios Sotiropoulos, autor y profesor en el Hospital Universitario Essen en Alemania.
“Cirujanos de trasplantes dicen que preferirían no poner a una persona sana en riesgo, pero que no hay suficientes órganos disponibles para proporcionar hígados a todos los que lo necesitan.
“Los órganos de donantes vivos también tienen algunas ventajas sobre la otra alternativa, un hígado de un cadáver, por varias razones, incluyendo que la donación puede ocurrir en el mejor momento para el destinatario.
“El promedio de edad de los donantes en el estudio alemán era de 36 años, y su duración promedio desde la donación era de seis años.
“De los 83 donantes encuestados, 39 no registraron síntomas persistentes o problemas. Pero tres hombres jóvenes y sanos dijeron que habían sido rechazados para comprar un seguro de vida porque había pocos datos disponibles sobre los efectos a largo plazo en la donación de hígado en vida.
“A pesar de que el estudio no tuvo un grupo de control, sus resultados coinciden con estudios anteriores, dijo Jean Emond, vicepresidente del Departamento de Cirugía y director del centro de trasplantes del Hospital de New York Presbyterian/Columbia en Nueva York.
“Creo que las conclusiones son cautelosas y razonables. Tenemos que estar muy atentos a estas personas”, dijo, añadiendo que es necesario que exista un apoyo psicológico antes y después del procedimiento.
“En Estados Unidos se han realizado unas cuatro mil 500 donaciones de hígado por donantes vivos desde la primera operación de este tipo en 1989, según la base de datos de trasplantes nacionales. Las primeras de estas donaciones se hicieron a niños, que necesitan un trozo de hígado más pequeño. Emond, que asistió al primer trasplante de hígado, dijo que el riesgo de muertes tras la donación de una gran parte de hígado es de uno entre mil”.

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Me asomo a la página web del Consejo Estatal de Trasplantes de Órganos y Tejidos (CETOT) de la Secretaría de Salud Jalisco y echo un vistazo a sus estadísticas –corte de caja al bimestre julio/agosto, estamos en los primeros días de octubre- en las que destacan:

11 trasplantes de hígado, tanto en hospitales públicos como privados/

ninguno de esos 11 trasplantes de donante vivo, los 11 cadavéricos;

306 trasplantes de riñón en los dos sistemas hospitalarios/

253 de esos trasplantes han sido de donante vivo/

53 restantes fueron de donante cadavérico.

Ahí están los números. Quienes esperamos un hígado sano para restaurar nuestra salud y recuperar una buena (aceptable) calidad de vida, dependemos casi exclusivamente de la buena voluntad de quienes desean entregar, al morir, sus órganos para otras personas. Pero es altamente estimulante saber (aunque las noticias vengan de Alemania) que hay seres dispuestos a entregar un fragmento de su organismo en plenitud para salvar a otros a pesar de posibles consecuencias negativas en su propia salud…

Y lo más admirable, ¡que lo volverían a hacer!

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Se fue un grande: Joe “Smokin” Frazier

Yo no había cumplido todavía 13 años, pero recuerdo perfectamente haber visto por la tele la “Pelea del siglo” entre Muhammad Alí y Joe Frazier en marzo de 1971. Alí fue derrumbado por Frazier en el último round –las peleas de campeonato eran a 15- y ahí cayó con él un mito: nadie lo había derribado antes. Joe se hizo grande, enorme, por esa hazaña. Volvieron a pelear en dos ocasiones, la última, épica batalla, en Manila, Filipinas en octubre de 1975. La esquina de Frazier arrojó la toalla antes de comenzar el último round y Alí se levantó con el triunfo; luego diría: “Es lo más cerca que he estado de la muerte”. De ese poder eran los golpes de “Smokin” Frazier.

El 8 de noviembre de 2011 murió, en la pobreza pero dignamente, Joe Frazier en una residencia de cuidados paliativos para enfermos terminales. Alí comenzó a pelear contra él en 1971 y fue hasta 1975 cuando lo derrotó en definitiva. Pero un enemigo más poderoso lo fulminó en apenas un mes en que le golpeó sin piedad en la región hepática: Frazier murió a los 67 años víctima de un cáncer de hígado. Descanse en paz.

NOV 12

“El Garras”: aguantar y triunfar Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Se llama Juan Carlos Romero Beltrán, pero sus cuates siempre le nombran “El Garras”. Nació en Zacatecas hace 33 años y tiene un hijo de seis años de nombre Ángel; él le dice cariñosamente “mi Güero”.

Entró ya en plena madurez, a los 24 años, al mundo del atletismo con el firme propósito de triunfar. Solito abandonó el billar en el que pasaba las tardes bebiendo con sus amigos y se enfiló hacia las pistas de carreras.

De los entrenamientos se abrió paso a las competencias y fue escalando los niveles, las exigencias, los anhelos. En 2008 participó en los Juegos Olímpicos de Beijing que todavía le quedaban muy grandes, pero le dieron lecciones invaluables. Al año siguiente estuvo en el Mundial de Atletismo de Berlín y continuó su fogueo entre los titanes de las pistas, ante quienes alcanzó el lugar 14 en los 10 mil metros planos con un tiempo de 28’ 09” 78/100. En Mayagüez, en este mismo 2011 conquistó la medalla de oro para México en los Juegos Centroamericanos y del Caribe e implantó récord para la región.

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El diario Mural reprodujo este fragmento de la historia de Juan Carlos Romero, narrada por él mismo mientras se desarrollaban las competencias de los Panamericanos de Guadalajara, hace un par de semanas:

Una tarde de verano en el 2004, en un billar de Zacatecas empezó un sueño que ayer terminó con una medalla de plata para México en los 10 mil metros de atletismo.
Juan Carlos Romero, con bebida en mano, vio por la televisión una competencia de Ana Gabriela Guevara en los Juegos Olímpicos de Atenas y la inspiración provocó que decidiera darle un nuevo rumbo a su vida.
“Yo corrí en la primaria y secundaria y después la forma de vida que tuve fue de alcoholismo y tabaquismo, crecí, era un barrio peligroso”, recordó Romero.
“Cuando de un bar salía borrachísimo, no me podía sostener y me sentaba un ratito en las banquetas y me despertaba otro día a las 11 de la mañana y la gente viéndome”.
El oriundo de la Colonia San Felipe de la capital zacatecana aseguró que Ana Guevara fue su inspiración, pero nunca se lo ha confesado.
“Yo tenía 26 años, y un día, estaban pasando la Final Olímpica de Ana Guevara, y al verla, ahí dejé la bebida, les dije a mis amigos que me iba a poner a correr, en ese momento estaba echando chela y con mi cigarro”, reconoció.
“Tengo amigos en la cárcel, amigos muertos, que están todavía en centros de rehabilitación; yo me pude salir, estudié una carrera en técnico en administración y un buen día me compré mis tenis y ahora aquí estoy, con una medalla panamericana” (Mural 28.10.11).

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Juan Carlos Romero tenía como meta ganar la medalla de oro para México. Pero hizo una gran carrera y logró la de plata, arribando a la meta entre dos brasileños. Al terminar la competencia, todavía exhausto y con la boca seca, fue entrevistado por el portal de Terra.com y ahí le dijo al reportero cuál fue la clave para no desfallecer en una prueba tan dura: “Aguantar, aguantar, aguantar…”. Así respondió, con la rotundidad que está en el habla de los que se la han rifado en las calles, en el barrio, sin dinero, entre las amenazas de la violencia y la escasez de trabajo.

Dijo que sus principales adversarios no eran los demás corredores, sino el insoportable calor que se sentía en la pista, y los gritos del público mexicano que, cargados de exigencia, presionan al máximo al atleta. “Pero al final eso me dio aliento”, confesó el corredor.

En una entrevista que concedió en 2009 en su natal Zacatecas, Juan Carlos soltó una verdad de a kilo: “Eso les falta mucho a los jóvenes deportistas”, en referencia a que deben entender el trabajo constante como su principal forma de vida, “y de esa manera hay que disfrutarlo”.

No habla de oquis “El Garras”: ya ha predicado con el ejemplo. Un buen día dejó en la barra de una cantina el trago que le acompañaba a diario y decidió que su principal forma de vida estaba en los triunfos dentro del deporte de alto rendimiento. Lo está consiguiendo, lo está disfrutando, y con su pequeño Ángel lo está compartiendo.

Es probable que, de haber seguido por la ruta que había tomado, con el alcohol como su mejor compañía, Juan Carlos sería hoy una víctima más de una enfermedad incurable y padecería los males que persiguen a esos rehenes del abuso. Tomó una primera decisión a tiempo: a los 24 años abandonó la bebida. Y luego adoptó otra decisión en la que le acompañan sus familiares: aguantar, aguantar, aguantar.

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¡Hasta luego Paco!

 

Me lo presentaron en La Fuente hace casi cinco lustros, y durante un buen tiempo me pareció un señor hosco, tirándole a gruñón. De esos que se quejan de todo, que nadie les da gusto. Sabía de música, de pintura, de teatro, y compartía sus juicios personales sólo con sus muy allegados. Entrar en su charla no era fácil; muchas veces las opiniones de uno se quedaban sin réplica, como cuando a uno lo dejan hablando solo.

Igual que me ocurrió con otros habitantes de esa vecindad mágica donde se compartían los tragos, las andanzas, los recuerdos y los boleros, su trato hacia mí cambió cuando se enteró quién había sido mi padre. La Escuela de Artes Plásticas fue punto de confluencia entre ellos. Y así ocurrió que se me abrieron las puertas de su baúl y pude comenzar a dirigirme a él como Paco.

Francisco Aceves Juárez era como una nota al calce en el acta de nacimiento. Para todos era Paco… o Paquito. Ahí, charlando en torno a una mesa, le pedí que escribiera una semblanza sobre Eliseo Sánchez Vidrio, mejor conocido como “Cheo”, el legendario pianista que a sus noventaitantos años seguía tocando el piano en La Fuente como quien acaricia con las yemas de sus dedos una pieza de terciopelo. Cheo al piano, Rubén en el violín y “La Liebre” en el bajo: una tercia que pocos podían igualar.

En fin, Paco hizo esa semblanza de Cheo para la revista Reflejos que yo dirigía (y que costaba ¡tres mil pesos! Se publicó a principios de 1989. Y desde entonces me encontré a Paco muchas veces en La Fuente, en la plaza o por las calles que a diario recorría con la cabeza agachada, como contando los mosaicos de cada cuadra… o sus propios pasos.

Me cuenta el Perico que el pasado 12 de octubre Paquito se enchamarró porque lloviznaba, se puso su boina y comenzó a caminar sin que nadie pudiera ver para dónde jaló. Se perdió en los vericuetos de calles y callejones de una ciudad que conocía a la perfección, y que amó profundamente. Seguramente fue parando para comprar algo o platicar con algún viejo conocido, un cantante, un pintor, un historiador… ¡Hasta luego mi querido Paco!

 

NOV 4

Historias de juventud Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Estaba chavo. No tengo idea, y nunca lo sabré, si era estudiante o profesionista, soltero o padre de familia, si tenía muchos amigos, novia, si era deportista o fanático de la tecnología. Me dijeron que tenía 23 años. Apenas 23. Y lamentablemente perdió la vida en un percance. Decretada la muerte cerebral, sus familiares decidieron donar sus órganos, entre ellos el hígado.

Las pruebas de función hepática resultaron favorables y se procedió a la extracción. De inmediato se hizo el traslado por carretera en una hielera esterilizada y el órgano protegido con las sustancias preservadoras.

El receptor estaba listo, hospitalizado y preparado para entrar al quirófano en cuanto se diera la señal médica.

Pero la evidencia física desnudó la verdadera constitución del hígado que estaba afectado por acumulación de grasa. Los médicos explicaron que eso no era condición ineludible para trasplante, pero lo que resultó insuperable fue que se le encontraron huellas de cicatrización que delataban una incipiente cirrosis. Órgano inviable, “operación abortada”.

El receptor quedó en espera de una nueva oportunidad. Pero el donador enfrentó un destino irreparable. Tal vez él mismo habría sido, con el paso de los años, candidato a que se cambiara su hígado por el daño ocasionado por el alcohol.

¡Sólo tenía 23 años!

Son historias de jóvenes. No todas escandalosas ni provocadoras de tragedias familiares sino hasta que se revela el daño que el paciente se está produciendo –literalmente- en las entrañas de su ser. Me explico: muchas veces el entorno familiar cobija al muchacho que ya carga con la enfermedad del alcoholismo, disfrazándola como conducta festiva propia de la edad. En el fondo, la desgracia ya está en embrión, y si avanza sin control termina por arrastrar las expectativas, las relaciones familiares, laborales y sociales. Y entonces se “descubre” una tragedia que ya estaba ahí.
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¿Te acuerdas de que ya habíamos hablado aquí de esas muertes absurdas, inexplicables, injustificables en las que la víctima cayó por estar, como suele decirse, “en el lugar equivocado y en el momento equivocado”? Esos pobres seres que pierden la vida por la inconsciencia de otros, por la imprudencia llevada al extremo, por la irresponsabilidad de alguien que conduce alcoholizado un vehículo, o tal vez –si bien son casos más raros- opera un arma de fuego bajo los efectos del alcohol, o libera una conducta violenta, sin ton ni son, contra indefensos que tienen la desdicha de cruzarse en su camino.

Esas vidas se truncan a manos de otros, por decisión de otros, por la estupidez de otros. Y sus pérdidas duelen, dejan un hueco, un ser desamparado, un cariño en el abandono, una familia mutilada… un sueño sin cumplir.

Pero qué me dices de aquel que pareciera ingeniárselas –si me permites la expresión- para morir en un imaginario concurso del absurdo. ¡Y vaya que se esmeran en ganar la medalla de oro!… Hasta que lo consiguen.

A continuación vas a leer algo que, con estupefacción, me encontré en la red informativa navegando en mi laptop. Así apareció en una página web.

“Muere ahogado borracho en el Támesis cuando celebraba el fin de su abstinencia:
Un joven estudiante de derecho se ahogó en el río Támesis de Londres al encontrarse ebrio mientras celebraba que había ganado una apuesta tras aguantar 28 días sin beber alcohol.

“Niall Pawsey, de 20 años, desapareció en el agua a sólo cinco metros desde el lado de Middlesex, después de que intentara cruzar borracho y a nado el río en Kingston el pasado 28 de Abril (2011).

“Según informa un periódico local de Londres, Daniel Bellows, un compañero de clase de la víctima, dijo que su amigo había bebido después de ganar una apuesta de que podría aguantar un mes sin beber nada. En plena fiesta, los jóvenes empezaron a bromear sobre la idea de cruzar el río Támesis a nado, cuando de repente, Pawsey se quitó la ropa y se lanzó al agua sin dudarlo.

“Un helicóptero de la Policía londinense rastreó la zona, pero el cuerpo del joven Pawsey apareció tres días más tarde. La autopsia mostró que tenía 319 mg. de alcohol por cada 100 ml. de sangre, un nivel que, según la forense Alice Thompson, podría resultar fatídico para algunas personas”.

La nota original fue publicada por un periódico digital de Gran Bretaña y retomada por el diario abc de Madrid en su edición de internet del 9 de septiembre de este 2011.

Así como la acabas de ver, si te topas con ella en la lectura cotidiana de las noticias, es la típica nota que los periodistas clasificamos en “sucesos” y merecen apenas un par de párrafos en una columna de las páginas posteriores de un periódico.

Pero creo que podrás compartir conmigo que el hecho refleja mucho más que una simple anécdota de andanzas juveniles. Me parece que esta muerte, absurda como la que más, puede revelar esa especie de vaciamiento de valores que se ha apoderado de un sector de la juventud. No es que se cierre el paso a la diversión juvenil, incluyendo las farras ocasionales y la ingesta de alcohol, asociada a la fiesta, a la música, a la relación entre parejas o grupos; estoy muy lejos de satanizar esas conductas y por muchos años he compartido el ánimo festivo, bohemio, entre amigos o colegas.

El problema es cuando todo se obnubila por los excesos y se desparrama la vida, la larga vida que normalmente queda cuando apenas se han traspuesto los 20 años de edad. ¿Festejar un mes de abstinencia con una borrachera monumental que te arroja –literalmente hablando- a la muerte por ahogamiento? Me cuesta mucho trabajo entenderlo, excepto porque cuando el alcohol satura al organismo, inunda la mente, extravía los sentidos y borra todo lo que es valioso para el ser humano, la rayita se traspasa sin que nadie se dé cuenta de ello.

La vena dicharachera de los mexicanos expresa que muchas torpezas se cometen “por andar en l’agua”. Algunas tan grandes como perder la vida en soledad, hundidos en la corriente de un río.

Niall Pawsey, muerto en el Río Támesis a los 20 años al ahogarse estando ebrio, cuando festejaba su sobriedad.

* Tanita Tikaram tiene una canción con una melodía sublime y una instrumentación seductora, que ella misma interpreta con una voz cargada de rara melancolía, que alimenta su belleza ecléctica. Se llama “Twist in my sobriety” (la traducción corre por tu cuenta); la encuentras en Youtube, pero te la dejo, a ver si te mueve alguna fibra.
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OCT 30

Las enseñanzas de Sócrates (II y último) Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

O Brasil inteiro está torcendo e rezando pelo Dr. Sócrates. Internado em estado grave, o ex jogador vem recebendo milhares de mensagens desejando-lhe força. No Twitter, o “trending topic” #drSócrates é só amor e solidariedade. Que bom.

No, no te vayas. Parece que este bloguero está pasando por un arranque políglota o ya está en pleno desvarío brasileño que lo lleva hasta a escribir en portugués. Pero solamente estoy retomando el caso de la historia dramática, conmovedora, del ex mundialista de la Selección de Brasil de futbol, Sócrates, de quien comenzamos a hablar hace algunas semanas a raíz de que fue internado en un hospital de Sao Paulo con una hemorragia digestiva producto de una muy avanzada cirrosis alcohólica. Pese a su negativa, es imperioso que se le haga un trasplante de hígado.

Así que tomé prestado un párrafo del blog del periodista Tony Goes, publicado en el diario Folha do Sao Paulo el 9 de septiembre pasado. Así se publicó en portugués y creo que tú y yo entendemos lo básico: el Dr. Sócrates está recibiendo apoyo y oración de “Brasil entero” para alentarlo a salir de su gravedad; en Twitter todo mundo habla de él y le brindan amor y solidaridad.

Tony Goes abordó el caso del ex astro futbolero desde el ángulo de lo que ocurre cuando una personalidad pública vive una tragedia. ¿Cómo maneja ese personaje su vida privada y cómo la abordan los medios de comunicación? Sus referentes en esas fechas fueron el citado Sócrates, gravemente enfermo de cirrosis alcohólica, y la cantante Amy Winehouse, fallecida por aparentes complicaciones derivadas del abuso de sustancias tóxicas.

Unidos por la experiencia terrible de depender de drogas para mantenerse activos, aunque degradándose en más de un sentido, el futbolista y la cantante marcaron voluntariamente una diferencia radical en sus vidas: ella encaminó su corta existencia por el escándalo, presentándose en escenarios para cantar sus composiciones al borde del colapso alcohólico; él mantuvo su dependencia de la bebida en un cerrado círculo de familiares y amigos. Hasta que ambos llegaron a la raya. Amy sucumbió en la cama de su cuarto, Sócrates libró una batalla (aún no definitiva) gracias a la atención médica de urgencia.

Dice el periodista brasileño que al llegar al hospital en condición grave y ser conocido su problema, el ex futbolista expuso sus debilidades, desnudó lo más íntimo de su biografía, y quedó expuesto al escrutinio público. Como “uno de los mejores atletas” que fue, muchos fanáticos se resistieron a asociarlo con el alcoholismo, pero –apunta Goes con agudeza- “la verdad debe ser dicha, sin sensacionalismo, con todo respeto”, pero con todas sus letras. “Nuestra simpatía por Sócrates no ha disminuido”, agrega el columnista y hace un llamado a la cordura que todos los periodistas y los medios deberíamos tener como exigencia: Llegará el día en que podamos saber que alguien padece un vicio/enfermedad sin hacer un escándalo. “Quien sufre con el alcohol o con las drogas necesita apoyo emocional y profesional. No un juicio moral”, propone el periodista brasileño.

(Así se publicó en Folha: “Sócrates foi um dos maiores atletas que este país já teve, e entendo a relutância em associá-lo ao alcoolismo. Ninguém quer denegrir sua imagem. Mas a verdade precisa ser dita: sem sensacionalismo, com todo o respeito, mas sem meias palavras.

“Agora estas palavras estão surgindo, e o lado bom é que nossa simpatia por Sócrates não diminuiu por causa delas. Vai ver que precisávamos receber a notícia assim, aos poucos, para irmos nos acostumando.

“Mas tomara que chegue o dia em que não precisemos mais desse prazo. Em que consigamos saber que alguém é viciado – seja lá no que for – sem fazer um escândalo. Quem sofre com o álcool ou as drogas precisa de apoio, emocional e profissional. Não de um julgamento moral.”)

Sócrates, acompañado por su esposa Kátia, en el hospital.

 

Por desgracia, Amy Winehouse, la cantante británica que estaba en la cúspide de la fama mediática, murió a los 27 años de edad en su natal Londres el 23 de julio de 2011. Ella construyó su propia narrativa de soledad, depresión, dependencia y muerte. Exhibió hasta el escándalo su vertiginosa decadencia, lo que no le impidió entrar al Olimpo de los dioses efímeros, a la idolatría de los jóvenes de todo el mundo que encontraron en su música el reflejo de las aspiraciones y frustraciones del siglo XXI.

En el extremo opuesto, Sócrates, tocado de muerte por el alcohol, ha decidido virar y millones le acompañan en la travesía vital; algunos escudriñando en cada trozo de su vida bohemia, otros orando por él en 140 caracteres de un tuit, tan impersonal  pero a la vez tan aglutinante de solidaridad.

Lecciones de la fama pública que algunos administran hasta donde les es posible y otros despilfarran en cuanto pueden. Lecciones que son de vida y llegan a ser de muerte…

Amy Winehouse grabó un disco con el legendario cantante Tony Bennett.

OCT 23

Digresión periodística Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Miguel Angel Granados Chapa ha muerto. No se trataba de un periodista más en el elenco mexicano de la comunicación. Fue, sin lugar a dudas y más allá de polémicas y juicios mezquinos sobre su trayectoria, uno de los periodistas singulares de la segunda mitad del siglo XX de nuestro país.

El viernes 14 de octubre se publicó su última columna “Plaza Pública” que por 34 años reprodujeron distintos medios periodísticos. El domingo 16 de octubre expiró arropado por su familia. Una difusa pero innecesaria explicación que trascendió sin ser atribuida a una fuente específica, informó que Granados Chapa falleció a los 70 años “víctima de un cáncer” que le aquejaba desde hacía algún tiempo.

La desaparición física de este gran periodista, maestro forjador de legiones de comunicadores que hoy son influyentes informadores y opinadores de incontables medios, me conmueve por la hondura de la huella que deja su rigor periodístico y su impecable prosa, binomio prácticamente inexistente entre quienes hoy pergeñamos notas, reflexiones, ideas o investigaciones desde las multifacéticas “plataformas” –como hoy se les denomina- del periodismo que ha derrumbado barreras tecnológicas. Por eso me he visto motivado a pedirte que demos cabida en nuestro espacio de diálogo a un modesto homenaje a este periodista, abogado, biógrafo, historiador y, sobre todo, hombre comprometido con su oficio, con sus raíces, con sus convicciones y con su patria.

En 1980 se editó bajo el sello de Ediciones El Caballito el libro “Excélsior y otros temas de comunicación”, un compendio de textos que bajo la firma de Miguel Angel Granados Chapa se habían publicado a lo largo de una década en diversos medios de comunicación impresos. Adquirí el libro como una de mis primeras “cartas de navegación” que me auxiliaban para hacer mis pininos  como profesor de asignatura en la carrera de Ciencias de la Comunicación del Iteso.

En 2008 el Senado de la República confirió a Miguel Angel Granados Chapa la Medalla Belisario Domínguez, según consigna la imagen. Se la impuso el entonces presidente de la Mesa Directiva, el panista Gustavo Madero, y atestiguó el momento el Presidente Felipe Calderón. El comunicador, oriundo de Hidalgo, ya había sido tres veces Premio Nacional de Periodismo.

 

En junio de 2004, El Universal publicó un texto en homenaje a un poeta singular, que decía: “Este viernes, Efraín (Huerta) llegaría a los 90 años de edad. Ante la imposibilidad de festejar con él navegando en “Usumacintas de whisky”, recuperamos, a manera de brindis póstumo y celebratorio, sus palabras: “Digamos salud aunque nos cueste la muerte… O digamos salud antes de que se vuelva yodo”.

Probablemente Miguel Angel Granados Chapa se unió a alguna de las tertulias en las que convivieron periodistas, artistas e intelectuales de la segunda mitad del siglo pasado, como las que amenizaba Huerta. O no. Pero hablaba del poeta guanajuatense con cercanía, con afecto y con conocimiento de su vida y obra. Así lo hizo en junio de 1978, cuando fueron entregados los premios nacionales de periodismo y Huerta recibió el correspondiente a Divulgación Cultural. Granados se refería a los galardonados en su naciente columna Plaza Pública, y escribió:

“A Efraín Huerta se le han multiplicado últimamente los premios. Recibió el Nacional de Letras, recibe el Nacional de Periodismo, lo honra el gobierno de su Estado natal. En rigor, sólo se le está dando su merecido. En rigor, sólo se está practicando con él una mínima compensación: se premia a quien premió a sus lectores con su obra poética, con sus artículos periodísticos, con su emocionante entereza política y humana. No es raro que Huerta haya vencido al cáncer, pues la vida le brota a borbotones”.

Leí desde el domingo y el lunes 17 algunos de los textos que se escribieron a propósito de la partida de Granados Chapa. (Hubo quienes, desde su mezquindad y la pequeñez de su espíritu, encubiertos por el oropel de sus tribunas en medios vistosos, pero desprovistos de sustancia, le regatearon el merecido reconocimiento al periodista fallecido; pero siempre habrá enanismo intelectual que se oculta en la pedantería). Tenía yo a la mano varios libros del columnista, entre ellos el de “Excélsior…” y rápidamente encontré el texto en el que alude al poeta Efraín Huerta.

Una y otra vez repasé el párrafo que te compartí arriba. Imaginé que pudo haberse escrito para el propio Granados Chapa, también multipremiado en estos años; y aunque su laboriosidad y su brillantez intelectual, su profundidad periodística delataban que a él también, hasta hace poco “la vida le brotaba a borbotones”, terminó sucumbiendo discretamente, sin aspavientos ni dramatismos ante la fuerza del cáncer.

Su partida ha sido silenciosa, pero su voz seguirá por mucho tiempo en el aire de la radio en que ejerció y en las páginas que plasmaron sus textos. La huella de Miguel Angel Granados Chapa en el periodismo mexicano es tan honda que tardará mucho en ser borrada… si es que algún día desaparece de la Plaza Pública.
Caben, tal vez, la ironía, la agudeza y la fina palabra de un poemínimo escrito acaso como epitafio adelantado de Efraín Huerta:
Y cuando suceda, lo que suceder tiene, no me voy a dar por enterado, si acaso por enterrado.

OCT 18

Muerte indeseable/suicidio gozoso Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Ahora que ha muerto prematuramente, y que su ausencia física hace memorable casi todo lo que dijo en público e hizo para el mundo, ciertas palabras del aclamado genio Steve Jobs me sirven para entrar a este post, cuyo título probablemente resulte incómodo para algunos.

¿Suicidio gozoso? ¿Acaso puede hablarse de algo más contradictorio, tal vez hasta aberrante? ¿Quién puede gozar al infligirse la muerte desafiando a la voluntad divina? Cierto, hay agnósticos y hay olvidados de la sociedad, parias de la vida que no creen perder nada extinguiendo su vida por propia mano. La voluntad divina les tiene sin cuidado porque –afirman- el propio Ser Supremo es una entelequia, un capricho de los hombres.

El diario El País recuperó en su primer paquete informativo al conocerse la muerte de Jobs, el 5 de octubre de 2011, un magistral discurso que pronunció el creador de Apple el 12 de junio de 2005 en la Universidad de Stanford, en el que hizo en poco más de dos mil palabras un conmovedor recuento de su vida, sus desafíos a la tecnología, sus impactantes inventos, sus fracasos y reinicios, sus sufrimientos físicos y espirituales, su indomable optimismo, su generosidad, ese mosaico multicolor, multifacético que él pudo condensar en una manzana tan apetecible que siempre aparecía ya vorazmente mordida. Si quieres busca “Jobs Stanford” en Google o Youtube y podrás leer el discurso completo que además ha sido profusamente reproducido en los últimos días. Pero me importa mucho que atiendas el siguiente párrafo de su alocución, cuando rememora que un año antes de hablar ante los graduados le habían diagnosticado un agresivo cáncer de páncreas:

“Al haber vivido esta experiencia, puedo contarla con un poco más de certeza que cuando la muerte era puramente un concepto intelectual: Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la muerte es muy probable que sea la mejor invención de la vida. Es su agente de cambio. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo”.

¿No te gusta la definición, viniendo de un hombre que se había parado ya cara a cara con la muerte? “Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá”. ¡Híjole! Al menos yo estoy de acuerdo con eso, y sinceramente espero que Steve haya llegado al cielo, transportado en una fracción de segundo, como si al unísono todos hubiésemos enviado un tuit #descansaenpazjobs…


***
Bueno, y en contraste. La palabra suicidio y el hecho consumado suelen estar irremediablemente asociados a un concepto traumatizante. Se siente, al conocer la noticia, como una bofetada cargada de odio en el rostro; un “descontón”, como se estila decir en el barrio.

A casi nadie se le ocurre –tal vez sólo a algún excéntrico o a una mente bizarra por ahí desperdigados en la multitud- que el suicida viva, en la progresión de su propia muerte, una experiencia deleitosa, disfrutable y hasta apetecible. El hecho es a los ojos del prójimo (la mayoría de nosotros, insisto) un arrebato agresivo, violento, insultante.

Hace cinco años, en la bóveda de su terruño andino murió como un pordiosero (aunque él a nadie pedía “una limosnita por amor de Dios”) el escritor boliviano Víctor Hugo Viscarra, descrito en las notas necrológicas como “un bebedor consuetudinario que reflejó en sus libros su intensa vivencia en las calles”. Apenas una decena de personas, ninguna de ellas su pariente, le acompañaron en su sepelio en un cementerio público de La Paz, tras fallecer de cirrosis un miércoles de mayo de 2006.

Viscarra, quien cumplió los 49 años de edad, escribió en un libro autobiográfico que temía a la vejez y que “si llego a los 50 me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”.


***
En las postrimerías de su vida, Viscarra fue entrevistado y la charla fue retomada por el diario chileno La Nación. El periodista Pablo Gonzalvez, editor de “Entre Líneas” le preguntó:

-¿Cómo te formaste en la escritura?

-He tenido mis universidades: celdas, callejones clandestinos, casas abandonadas, puertas de calle, alojamientos… viviendo con mi gente, que es ¡mi submundo!, mío solito. Me he criado en la basura, y he conocido muchos basureros y desde ahí escribo. Soy un antropólogo porque alguien tiene que reventarse por mi gente y eso me da premio. Además me tratan de alcohólico, me gusta el alcohol. Como te decía, he vivido en la calle y gracias al alcohol he sobrevivido.
Y cerraba así la entrevista:

-Conociste a Dios y terminaste jugando con el diablo.

-El diablo fue mi padrino de bautizo. La cosa es que el cielo es frío, en el infierno hay calefacción, prefiero estar abajo. Sé que moriré en la calle. Solo como un perro, alcoholizado. Y es más, no creo que me den el premio Nobel, porque como no tengo pasaporte ¿Cómo voy a llegar a Suecia?

Tal vez luego podamos volver a hablar de la enorme lección de vida y creación de Steve Jobs, y de este singular personaje, Víctor Hugo Viscarra, que convivió cotidianamente con la muerte hasta abrazarla bañado en alcohol. No he podido encontrar ninguno de los libros del boliviano (¿sabes dónde puedo conseguirlos?, avísame por favor). Pero hay testimonios de algunos de sus amigos, de sus cercanos, de seguidores de su prosa que aseguran que Víctor Hugo Viscarra –cuya prosa no dudan en calificar de altos vuelos- buscó afanosamente, durante más de tres décadas, acabar con su vida mientras gozaba, literalmente, “tomando” a la muerte.

Para mí, no sé si también para ti, de lo admirable a lo terrible… Tremendas lecciones que nos va dejando la vida en las de otros.

 

OCT 14

La turbulencia y el puente Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

¿Te ha sucedido que las palabras se te evaporan en la boca y no alcanzan a salir? ¿A poco no te ha pasado que un apachurrón te baja el ánimo aunque sientas que tu fe sigue incólume en el corazón en espera de que todo pase?

Estoy un poco apenado contigo porque recibo tus mensajes de aliento, escucho a lo lejos tus plegarias por mí, siento que me empujas hacia delante y yo sigo un tanto aturdido.

Discúlpame. Sólo tenme un poquito de paciencia porque te aseguro que cada palabra que me has enviado es un escalón que voy subiendo, aunque sea con demasiada lentitud. Que quede claro: no me he rendido y estoy muy, pero muy lejos de hacerlo, vaya ni siquiera de pensarlo. Sólo que estas experiencias son inéditas para mí y me conforta mucho tu comprensión.

Estoy dándole vueltas desde el otro día y ya he pergeñado algunas ideas que luego te voy a compartir para no perder el hilo de lo que hemos venido conversando desde hace meses. Ya había acomodado en la lap un montoncito de retazos que me dan pistas para contarte pequeñas historias, compartirte hallazgos, leer juntos pensamientos aleccionadores y tomar enseñanza porque los tropiezos, físicos o emocionales, nos hermanan, ¿no lo crees? (¡Ah!, no se me olvida que hay un guardadito sobre Sócrates…).

Bueno, el caso es que, a riesgo de que nos gane un rato la nostalgia, no se me ocurrió otra forma de rebobinar esta mixtura de pensamientos, emociones, esperanzas y temores, para quedar listo, con el optimismo a plenitud para la siguiente prueba que, si Dios quiere y la buena voluntad de un donador se suma, será exitosa. Es simplemente una canción; bueno, mejor dicho, es una hermosa canción. Una pieza que siempre me ha conmovido desde que la escuché por primera vez hace algunas décadas. Seguramente la conoces, nos la regalaron Simon & Garfunkel. ¿La escuchamos juntos?
No creo que la letra de esta canción necesite ningún añadido. Según el sitio todomusica.org en la década de los 70 salió al mercado el disco “Bridge Over Troubled Water” (“Puente sobre aguas turbulentas”), considerado por la crítica especializada como “el mejor material del dúo”. Además, esta producción fue un gran éxito comercial, obteniendo el título de “Uno de los discos más vendidos de la década”, por haber sobrepasado los 12 millones de copias. Un año después, obtienen dos premios Grammy, como “Mejor álbum” y “Mejor Tema”, ambos por “Bridge Over Troubled Water”.

Otra vez gracias por ser parte de ese puente que voy cruzando. Regreso pronto con otra historia. Espero que sigas ahí.

“Bridge Over Troubled Water”

OCT 9

La espera en el pasillo Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Ya es miércoles 5 de octubre. Desde hace rato, sin percatarme, amaneció. El cielo está gris y la luz que trasluce desde el Oriente por el sol que se alza es parduzca. Es de esas mañanas que dejan un rato la sensación de que entramos en una pausa; presagio de lo que muchos asocian con días de melancolía… o de tristeza.

Anoche te escribí a punto de salir rumbo al hospital. Las noticias eran buenas, un hígado venía en camino y era compatible con mis condiciones y mi tipo de sangre A+. “Hoy estás de suerte” me había dicho el doctor cuando me pidió que me preparara; el trasplante estaba cerca.

Yo me adentré en el “pasillo de la vida”, como te anticipé. ¿Por qué esa expresión? No lo sé, pero fue la imagen que me vino a la mente cuando supe que tendría que esperar, sin saber cuánto, para reforzar ese fragmento vital de mi organismo; la imagen opuesta, para mí, es la de aquellos que por las leyes humanas y tras las rejas enfrentan su destino que será irreparable.

En la admisión hospitalaria un empleado leyó mi nombre en la hoja del trámite, me miró unos instantes y me soltó: “¿Usted es el periodista, el que escribe en EL INFORMADOR?”. Ajá, le dije, entre contento y sorprendido. “Es que me acuerdo de su foto”, completó y despachó el trámite.

De ahí al cuarto, la familia rebosante, las llamadas y mensajes de celular que se cruzan –“necesitamos unidades de A+, pero principalmente plaquetas”- nos apremian del banco de sangre. Algunos compañeros generosos y amigos despliegan su apoyo, corren la voz, dan avisos en radio y tele.

-¡Ánimo, todo va a salir bien! Aquí estamos al pendiente… te tenemos en nuestras oraciones… Dios te está cuidando, escucho que me mandan decir. Por el cuarto desfila una legión de enfermeras y médicos que hacen preguntas y se esmeran en transmitir buen humor, en aligerar la noche que puede ser muy larga. Mis brazos comienzan a acumular las huellas de los sueros aplicados y la sangre extraída; las venas son delgadas, parecen haberse escondido.

-El hígado ya está llegando… vamos a hacerle los estudios para preparar todo y entraríamos a quirófano hacia la medianoche-, nos anuncia el doctor. Son poco más de las diez y media.

De algún pedacito de cielo baja Ileana, quien pregunta a dónde dirigirse para donar sangre. Ella es A+, Jorge, el poeta y buen amigo, le ha pedido ayudar y ella no lo ha pensado dos veces, así es que ahí está.

Apenas están preparando las soluciones para sedarme. Las enfermeras esperarán la orden de los médicos. La lámpara fluorescente que tengo encima se hace larga, la luz me parece demasiado intensa. Ya se ha instalado de lleno la ansiedad y me sube la inquietud porque estamos pasando las 12 de la noche y no han aparecido los médicos. Los demás se preparan para hacer guardia, la cirugía durará por lo menos seis horas… si todo sale bien.
***
Cetosis. Así se le llama a la afección.

El hígado no está en buenas condiciones. Imposible saberlo antes de su extracción. Las pruebas físicas en el hospital demostraron que si me lo trasplantan así, crece sustancialmente el riesgo de la cirugía y aumenta la probabilidad de rechazo.

Cuidadoso, didáctico, comprensivo, el doctor nos explica. No hay que desesperarse. Sale y regresa con celular en mano: es el doctor Marco.

-No se pudo, creo que ya te explicaron pero quise decírtelo personalmente. Estábamos corriendo riesgos y creo que estás en condiciones de aguantar un poco más… No te desesperes, nos vemos luego en el consultorio.

En el silencio denso que se hizo en el cuarto no pude despegar la vista de la lámpara fluorescente. La luz comenzó a hacerse opaca… y vidriosa. Por instantes la sensación de hundimiento, de que se achicó el futuro. Se alejó una oportunidad para renovar la vitalidad.

Pero es cosa de dejar pasar un rato, que los pensamientos se acomoden en su lugar, que los sentimientos no se agolpen hasta nublar el horizonte. Sin alejar de lleno la tristeza, alcancé a reflexionar: Muchas veces en la vida, una oportunidad trunca, una ilusión que se va, un beneficio que se pierde, nos impide ver que la Mano de Dios así movió las piezas para abrir espacio a un bien mayor que pronto llegará.

Ésa es mi convicción. Con ella regresé al pasillo hacia la una de la mañana. De vuelta a casa, arropado por mi esposa Rosy, por mis hijas Mafalda, Faby y Adri, recorrimos el mismo trecho que cinco horas antes. Las calles están desiertas; la luz intermitente de las luminarias ensancha las avenidas desiertas.

Sigo aquí, con un dejo de tristeza, pero con la mirada bien fija en unos brazos enormes, luminosos que me llevarán a lo que sigue, agradecido con la amistad, con la fraternidad, con la vida. Agradecido con quien decidió ofrecer su hígado pensando que sería la nueva oportunidad que yo espero. Dios quiera y haya otras mejores.

Es miércoles 5 de octubre. Fecha feliz para EL INFORMADOR y para quienes aquí somos parte del “edificio humano”. La grisura del cielo se va abriendo con timidez para dar paso a los reflejos del sol. Aquí seguimos.

OCT 5

Rumbo al “pasillo de la vida” Por Eugenio R. blogamarillo@hotmail.com

Aquí estoy para decirles sólo unas palabras. Hoy es martes 4 de octubre de 2011. Hace casi exactamente un año, el hepatólogo me dio la noticia que me sacudió: “Pues sí, usted necesita un trasplante de hígado… pero su reserva hepática es buena”.

He charlado con ustedes desde hace unos meses. Hoy la primera llamada llegó hacia las 17:35 horas. “¿Estás bien?, ¿cómo te sientes? ¿no estás enfermo de nada ni tienes ninguna infección?”, me preguntó en fila el doctor Marco. “Estoy bien, gracias a Dios. Estoy listo”.

Se asomó en el horizonte un hígado que podría ser para mí. A las 19:50 me volvió a llamar: “Pues parece que hoy estás de suerte… tenemos el hígado y viene en camino al hospital, ¿puedes internarte hoy a las 21:00?”…

Y aquí voy en camino. Por la tarde, entre una y otra llamada dediqué tiempo a la oración y me puse en manos de Dios.

Vamos hacia el hospital. Espero recorrer pronto lo que será para mí un nuevo pasillo de la vida.

Estamos en contacto. Y ahí les encargo sus oraciones…

OCT 4
Sobre el Autor

Eugenio R.

Cuando falleció, mi padre tenía 61 años. A mis 21, me imaginé que si yo llegara a esa edad sería demasiado vivir. Hace un año, cumplidos los 52, mi visión de la vida cambió radicalmente. Tenía en mis manos una hoja en la que un médico especialista diagnosticaba una “enfermedad hepática” cuyas condiciones “irán avanzando y ponen en riesgo su vida”. Luego, cara a cara, el doctor me dijo: “Está usted muy grave; tiene cirrosis en fase terminal”, que surgió por una hepatitis autoinmune. Desde entonces dedico casi todo mi tiempo a luchar por un hígado sano… Y a escribir un poco sobre ello.

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