* Comencé a escribir este post al inicio de esta semana y lo entregué a EL INFORMADOR la noche del miércoles 16; refleja estados de ánimo que se han hecho presentes y así te los he querido contar. El jueves 17, poco después de las 18:00 horas recibí la llamada de mi doctor para avisarme que probablemente habría un hígado para trasplantármelo; me pidió alistarme y tener cautela. Poco después hubo una nueva llamada y a las 21:30, como en las funciones de teatro o los conciertos, llegó la "Tercera llamada". La cita es a las 4 a.m. de este viernes en el San Javier, en lo que presagia ser una madrugada muy fría, aunque voy bien cobijado por mi familia. Mis reflexiones ahí quedan y te las comparto. Entre la grisura otoñal y los aires helados se abre otra vez un horizonte que promete ser luminoso. Ojalá, si Dios quiere y me ayudas con tus oraciones, así sea. Más aún, te propongo que nos unamos pidiendo por todos aquellos que esperan un órgano para seguir adelante, ¿qué te parece? Por aquí nos encontraremos más adelante. ¡Cuídate! E.R.
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Leo en algunos apuntes biográficos del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) que murió tras una vana espera de un hígado sano que reemplazara al suyo que por enfermedad lo había llevado al desahucio. En casi tres largos años –así debieron serlo para él- se entregó a una enfebrecida actividad en la computadora, tal vez para olvidar en su escritura el padecimiento hepático que terminó con su vida.
El sitio de internet “Biografías y vidas” describe, en una apretada reseña de la trayectoria del escritor chileno:
“El mismo año (2000) de la aparición de Nocturno de Chile, Bolaño entró en lista de espera para un trasplante de hígado. Su estado de salud empeoraba, y decidió consagrar “lo que me quede de vida” a la que debía ser su obra cumbre, 2666. “Consciente de la sombra que la muerte había proyectado sobre él” (Enrique Vila-Matas), siguió escribiendo hasta su fallecimiento, el 14 de julio de 2003, víctima de una insuficiencia hepática. Pocos días antes había asistido en Sevilla al I Encuentro de Autores Latinoamericanos, su última aparición pública, y había entregado a su editor el manuscrito del libro de cuentos El gaucho insufrible”.
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La página MedicinaInterna.com describe el padecimiento al que se atribuye la muerte del escritor Roberto Bolaño:
La Insuficiencia Hepática Crónica (IHC) es la consecuencia funcional del Daño Hepático Crónico (DHC) como resultado de múltiples noxas (drogas, virus, alcohol, etc.), que en forma persistente actúan sobre el hígado sobrepasando su capacidad de defensa y reparación, produciéndose una respuesta homogénea de regeneración celular desordenada e inflamación y fibrosis. La perpetuación de este daño produce una disminución de la masa celular y una distorsión anatomo-funcional, finalizando en cirrosis desde de la perspectiva anatómica y en insuficiencia hepática desde la perspectiva funcional.
Es un proceso irreversible que cursa con remisiones, reagudizaciones y descompensaciones que ponen en riesgo la vida del paciente.
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Quienes conocieron a Bolaño, fallecido por cierto en Barcelona, donde residió los últimos años de su vida (también estuvo en México en dos etapas diferentes, primero en su juventud cuando creó con otros poetas la corriente literaria llamada “infrarrealismo”) coinciden en que vivía prácticamente encerrado en su estudio, dentro de su casa, donde fumaba desaforadamente y bebía té endulzado con miel. Casi sólo con eso “alimentaba” su precario organismo y sobrevivía en sus días postreros.
Hay una versión en el sentido de que había firmado un contrato con sus editores para escribir varias novelas, con cuyas regalías garantizaría los ingresos de sus hijos y su mujer. Pero al sentir que la vida se le extinguía de manera inexorable y el hígado que requería no llegaba, se comprometió a hacer una sola obra, una novela monumental titulada 2666 (Anagrama, séptima edición de 2011), que consta de mil 200 páginas, subdivididas en cinco partes, cada una de las cuales correspondería a la “herencia” proporcional para los suyos.
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En algún post anterior te he contado que hace poco más de un año de que se hizo oficial que yo requería un trasplante hepático a muy corto plazo. Desde aquel momento, en múltiples ocasiones me pregunté cómo sería lidiar con la espera, cómo ir llevando la cuenta de los días, cómo vivir cada jornada cotidiana: ¿como si fuera la última por vivir, o como si apenas fuera el arranque de un nuevo trayecto, al llegar a la bifurcación del camino?
La psicóloga que me ha atendido en este trance fue muy persistente y categórica al colocar en mi mente las ideas en clave positiva, esperanzada, alentadora. Siempre llega un momento para recomenzar –me ha dicho-, para recuperar las experiencias y tomar lo mejor de ellas; lo que se quedó por el camino puede llegar a ser semilla que, aunque sea en pequeños brotes, ofrezca algo de verdor, gérmenes de vida. Lo importante es que ahora nos hagamos acompañar de quienes puedan brindar un consejo, un auxilio, una guía para que los tropiezos sean más breves y menos perdurables en sus efectos.
Está bien. La mente debe trabajar, el espíritu debe ser fortalecido, como quien comienza una rutina de acondicionamiento físico, depurando su organismo, vigorizando sus músculos, limpiando su cerebro. Pero ¿cómo se domina la espera, cuando se asoma la rutina de casi inactividad, cuando se reciclan los malestares, cuando la mente se ensombrece, cuando los días se tornan grises? Me sucede y, para serte sincero, me aturde o, como decimos coloquialmente, me atolondra…
Pienso que tal vez el escritor Roberto Bolaño decidió que debía aplicar todo lo que estaba contenido en su ser para llevar su creatividad, su imaginación, sus habilidades literarias a la tarea autoimpuesta de develar personajes y mundos, su explosividad mental, hacia estadios cada vez más complejos y más intensos. Era apostar su resto en la vida por lo que era su vida: la creación literaria.
En eso pienso pero no puedo evitar que la desesperación me respire pegada a mi cabeza. No es fácil evitar la tentación de pensar en que ya ha pasado un año y que, con todo y el esfuerzo por no decaer, resurge el morbo de voltear más hacia atrás que hacia delante.
Juegan en el bimbalete -¿cómo le llamabas tú a ese subeybaja de la infancia?-dos fuerzas que se empujan: en una dirección las ganas de hacer lo de diario, lo de siempre, lo que es mi oficio y mi gusto con lo que haya de energía en las alforjas; en otra el decaimiento físico que impone el freno y que quita las ganas de casi todo.
Eso pienso, y me acuerdo de Roberto Bolaño cuando veo en mi librero sus libros “Los detectives salvajes” (Anagrama, segunda reimpresión de 2010) y “2666”, que me están esperando para ser leídos. Quiero imaginar que el escritor no le abrió ni un resquicio a la pesadumbre y se mantuvo activo hasta el último suspiro. A pesar de los días grises, melancólicos, sombríos.
Tal vez amenaza la claudicación ante la espera.
O tal vez sólo sea el otoño…
Roberto Bolaño (1953-2003), escritor chileno. 










